dilluns, 16 de juliol del 2012

Historias de adoptados

Publicado originalmente en el diario Ara el 10 de junio de 2012 (traducción del catalán)

"A los 15 años me encerré en mí misma. Pensaba que era culpa mía que la gente se pusiera conmigo, por ser diferente, y de mis padres, por ponerme en una situación en la que yo era la rara. En el instituto me decían negra de mierda cada dos por tres... Aquello me estaba minando y empecé a llevar una doble vida. En casa querían que saliera con los amigos y fuera a la discoteca, pero como ya sabía que tendría problemas para que me dejaran entrar, me iba a pasear por Pedralbes. Ante los padres (adoptivos) hacía ver que mi vida era normal y, como nadie me entendía, me guardaba los problemas para mí. Pasaba mucho tiempo sola, me gustaba escuchar la radio, descubrir la música negra americana (soul, jazz, blues...) y me interesé por la lucha de los negros por sus derechos en Estados Unidos. Soñaba que aquí algún día podía pasar lo mismo y que podía llegar a ser una persona normal".
Cari Mc Cay (42 años) expresa sus sentimientos con una convicción que te deja helado. Se le nota que ha trabajado el tema a conciencia y desde hace años. Esta mujer enérgica y de piel negra como el carbón fue adoptada a los 6 años después de pasar dos tercios de su corta vida en una institución religiosa para niñas huérfanas. Su infancia estuvo marcada por unas situaciones que afectan a la mayoría de niños adoptados: el sentirse diferente de los compañeros de clase, el asumir un abandono por parte de aquellos que en teoría más la tenían que amar, el sentimiento de culpa incluso, porque si la familia la dejó, seguro que fue por algo que ella había hecho mal...
"La adopción es un tema que toca a fondo los sentimientos y define el tipo de persona que serás de adulto", reflexiona Mc Cay.
El padre de Cari era un militar estadounidense destinado en la base aérea de Torrejón de Ardoz, mientras que la madre procedía de la excolonia española de Guinea Ecuatorial. Se separaron poco después de nacer ella. El hombre se volvió a su país y la madre se trasladó a Barcelona, ​​donde tenía familia y donde moriría cuando la niña tenía apenas 2 años. Nadie se hizo cargo de la pequeña, que fue ingresada en un orfanato de las Hijas de la Caridad.
"No guardo recuerdos negativos de aquella época. Eso sí, había bastantes peleas -aún conservo dos cicatrices en la cara-, y cada chica tenía asignado un número que nos ponían en todas las prendas, como en Auschwitz. El mío era el 36. Las niñas que vivíamos en San José de la Montaña venían de situaciones familiares complejas. Allí éramos lo peor de lo peor, y cuando las monjas nos sacaban a la calle nos sentíamos señaladas ".
De los 6 a los 15 años fue una época feliz. Los padres de una monja la adoptaron y la llevaron a vivir a la casa que tenían en Pedralbes. "Fue maravilloso. Paso de disponer una atención nula a tenerlo todo en todo momento ", recuerda agradecida.
Los problemas comienzan cuando la echaron del colegio femenino donde estudiaba e ingresa en un instituto mixto. En ese momento, sufre el racismo de sus compañeros y todo se le desmonta. "A los 12 años me empiezo a ver como negra. Hasta ese momento me miraba al espejo y me veía blanca. Algo no encajaba cuando yo me veía blanca y los demás me decían negra, y de una forma no agradable. Entonces me doy cuenta de hasta qué punto era importante para la gente el color de mi piel y me conciencio de que aquello tendrá consecuencias en mi vida".
Durante diez años, Cari se encierra en sí misma sin encontrar a nadie que la entienda. "No fui una chica rebelde. Era una persona tan hundida que no tenía ni fuerzas para ser rebelde ", suelta sin que le tiemble la voz.
Hasta que, a los 25 años, se produce la gran catarsis. Ya emancipada de los padres, un día recibe una llamada de la policía de Mallorca. Habían encontrado muerto a su hermano biológico. "Lo habían enterrado en una fosa y me dieron las cuatro cosas que tenía. Fue muy duro saber que estaba muerto y que ya no tendría ningún relacion con él. Había tenido problemas de droga, prostitución y estaba en proceso de cambio de sexo, hasta el punto que cuando lo vi no lo reconocía".
Cari Mc Cay regresó a Barcelona conmocionada y los padres la recibieron como si nada hubiera pasado. Es en ese momento que dice basta. Decide desaparecer y se va a Londres.
La capital británica será una revelación. Los diez años que vivirá allí le descubrirán un mundo lleno de colores y posibilidades. Cuando se va al banco y ve que el director de la oficina tiene el mismo tono de piel que el suyo, se da cuenta de que no hay imposibles. En la cosmopolita ciudad del Támesis se relaciona con un grupo de hombres y mujeres de otras etnias que también habían sido adoptados de niños. Con ellos comparte un pasado de soledad, incomprensión y baja autoestima, y poco a poco se reencuentra consigo misma y recupera la fuerza.
En 2006 reencuentra una Barcelona diferente de la que había dejado. Las adopciones internacionales se habían propularizado y ella decide poner su experiencia vital a disposición de las familias a las que pueda ser de utilidad. Funda la Asociación Gerard, en homenaje al hermano muerto, empieza a dar charlas de adopción interracial y colabora con el Instituto Familia y Adopción.
"Me gustaría -explica- que las familias entren en la adopción sabiendo qué implica tener un niño de otra raza. Una adopción supone que antes ha habido un abandono y que por tanto las necesidades de ese hijo, y más aún si es de otro color, serán diferentes de las de un hijo biológico".
Hoy, Mc Cay y su pareja están en lista de espera para adoptar un niño.
Muchos adoptados han tenido que recorrer en solitario el largo camino hasta la edad adulta. De pequeños les escondieron la realidad y cuando se hicieron mayores tuvieron que construir, ellos solos o con la ayuda de profesionales, una identidad propia. "No he sabido hablar del tema con mi madre adoptiva", reconoce una chica que fue adoptada dentro de la propia familia y que pide el anonimato. En su caso, la madre adoptiva era la hermana de la mujer que la trajo a este mundo, así que la situación resultó extremadamente difícil de asumir para las dos. "No es que el tema sea tabú en casa, es que yo soy un tabú, el hecho de que exista es un tabú dentro de la familia. Para ella es un tema no resuelto, que la hiere, y que no sé si resolveremos nunca. Era su hermana la que me había abandonado".
¿Lo más difícil de asumir? "Entender porque no interesaba a mi madre biológica. De pequeña me preguntaba si había algo malo dentro de mí que provocara su rechazo".
Fue precisamente esa necesidad de encontrar respuestas lo que la llevó a recuperar, cuando fue mayor de edad, la relación con las personas que la habían concebido. "En casa me decían que la llamada de la sangre es una tontería, pero todos los seres humanos necesitamos saber a quién me parezco, a qué hora nací, cómo estaba de salud... De pequeña era llorona y no sabía por qué. De mayor lo racionalizas y lo incorporas a tu vida".
Ricardo Subirats (32 años) y Susana Nieto (50) son pareja. Desde la adolescencia, él sabía que los apellidos que figuran en su DNI eran diferentes de los que le habían dado sus padres biológicos. Aunque lo había descubierto por indiscreciones de sus padres adoptivos, nunca había tenido un interés especial por localizarlos. Hasta que, junto con su compañera, acudieron al Registro Civil para inscribirse como pareja de hecho.
Conociendo los nombres de sus progenitores, a Susana le bastó media hora de búsqueda en Google para encontrar el teléfono del padre. El hombre se quedó clavado al sentir la historia que aquella desconocida le contaba a través del aparato, hasta que ella le dijo: "Le doy nuestro teléfono y dirección: haga lo que tenga que hacer".
Tres horas más tarde, el padre de Ricardo se presentaba en su domicilio y, tras 24 años de separación, se reencontraba con su primer hijo. "Lo más fuerte -explica Ricardo- fue ver que era calcado a mí. Después estuvimos hablando y me contó que todo había pasado siendo él muy joven, en una relación con una chica con la que ni siquiera eran novios y que me habían dejado en adopción porque no me podían mantener. También me dijo que mi madre estaba muerta".
Ricardo ha podido restablecer la relación con su padre biológico, tener una hermana, como siempre había deseado, y dos hermanos que se suman al hermano que ya tenía por el lado de la familia adoptiva. En definitiva, se siente feliz de tener una familia amplia y compleja, unida tanto por vínculos de sangre como adoptivos.
Susana tuvo menos suerte. La mujer de Ricardo fue abandonada después de que sus padres se separaran. Nacida en Madrid, se crió en Barcelona en casa de los abuelos paternos y nunca fue oficialmente adoptada.
Susana, Ricardo y su hijo se presentaron en una ocasión en casa de la madre, pero la mujer no quiso saber nada de ella. Le dijo que ya tenía familia y que se volviera a Barcelona. "Fue muy fuerte -recuerda Ricardo-. Le dio la espalda y ni siquiera le quiso dar un beso".
"Como consecuencia de ello -continúa Susana-, no tengo familia, porque mis abuelos ya murieron". Eso sí, aunque ha invertido muchos esfuerzos sin resultado, conserva la esperanza de encontrar algún día a su padre. Por lo que sabe, vive en Ávila y fue un destacado actor secundario en infinidad de películas españolas de los años setenta y ochenta, trabajando junto a artistas como Fernando Esteso o Manolo Escobar.
"A Susana -reflexiona Ricardo, comparando su propio caso con el de ella- la deberían haber dado en adopción. Al no hacerlo, le han impedido tener familia. Yo, al fin y al cabo, antes de encontrar a mi padre biológico ya tenía unos padres y un hermano".
Tanto Cari como Ricardo fueron adoptados en una época en la que estos casos estaban poco reglamentados, así que los dos celebran la protección que actualmente recibe el menor. "Hace tiempo que las cosas se podrían haber hecho de una manera que ayudara a normalizar estas situaciones -reflexiona Ricardo-. Recomendaría a los padres adoptivos que expliquen a sus hijos lo que hay, sin esconder nada, y que asuman todas las consecuencias. Hacerlo de otra manera es caer en un engaño, porque a la larga se sabe todo y el hijo se siente traicionado. Es lo que está pasando ahora con los casos de los niños robados durante el franquismo".
Antonio Barroso (43 años) es una de las personas que más ha luchado para que se aclaren los miles de casos de adopciones irregulares que han aparecido en los últimos años en el Estado. Él comenzó a sospechar que era un niño adoptado a los 6 años, cuando un compañero de clase le espetó que no era hijo de su madre. Los padres siempre lo negaron, pero el llanto de su madre cuando le sacaba el tema le hacían ver que las sospechas tenían un fundamento. De modo que pasaba muchas noches llorando en su habitación.
A los 38 años las sospechas se confirmaron. Un día, le llamó su amigo Juan Luis desde el hospital para contarle lo que su padre, a punto de morir, le acababa de confesar: que ambos habían sido adoptados, que los habían "comprado" por 200.000 pesetas a una monja en Zaragoza.
"Conseguí hablar con mi madre y me contó toda la verdad -recuerda Antonio-. De pronto descubro que había vivido toda la vida engañado. Así que a partir de ese momento dejé todo lo que estaba haciendo. Me puse a investigar y fundé la asociación Anadir, que hoy tiene más de 2.000 socios. Lo que tortura es no tener respuesta a un montón de preguntas. Te acabas obsesionando. Actualmente, vivo de los amigos. Me he fundido todos los ahorros y he vendido todo lo que tenía, ayer mismo me desprendí del Audi A4. Me da igual. Quizás ya no encontraré a mi madre y, si la encuentro, que sería maravilloso, seguro que tendría una relación diferente con ella. Pero lo que quiero, por encima de todo, es saber la verdad".

Quién soy, de dónde vengo
En 1974, cuando Montserrat Freixa (69 años) y su marido adoptaron a su hijo Xavier, recién nacido, las parejas que llegaban a la paternidad por vías no convencionales topaban con una gran incomprensión. "Ahora, la adopción está socialmente aceptada pero en ese momento la gente no lo entendía. Poca gente lo hacía y algunos padres cambiaban de piso porque los vecinos no entendían que tuvieran un hijo sin haber visto primero a la mujer embarazada".
Para comprender hasta qué punto ha cambiado la percepción que la sociedad tiene de la adopción, Freixa explica que, hace unos años, una mujer de su edad que no había podido tener hijos le reconoció: "¡Qué burra fui! Debería haber sido tan valiente como tú".
Pero adoptar tampoco era fácil, hace cerca de cuarenta años. Las familias que asumían la paternidad de un hijo engendrado por otra madre tenían que decidir ellas solas si contaban la verdad al pequeño, como hoy recomiendan todos los expertos, o si se dejaban vencer por la tentación de callar. El entorno empujaba a silenciar una verdad incómoda. A Montserrat Freixa, su madre le preguntó "¿no le harás daño si le dices que no es hijo tuyo?". Aplicando el sentido común, ella y su marido llegaron a la conclusión que peor sería ocultar información. Y optaron por ser transparentes.
Desde el momento en el que se hizo cargo de Xavier, Freixa, que hoy es profesora de Psicología de la Universidad de Barcelona, se dio cuenta de las necesidades de los padres adoptados, y se propuso poner su grano de arena para que las familias que venían detrás encontraran más apoyo e información. Creó un máster en acogimiento, adopción y postadopción y hoy es miembro de la Fundación Teresa Gallifa.
En su doble condición de madre y experta, Montserrat Freixa explica que a un niño adoptado "le amas igual que a un biológico, pero hay unas diferencias. Se preguntan quién soy, de dónde vengo, por qué estoy aquí o por qué mi madre me dejó. Tienen un sentimiento de abandono que les acompañará siempre".
Para Freixa, lo más importante para el niño es crear el vínculo con los nuevos padres. "Cuando se ha hecho, éste no se romperá aunque haya problemas. Los padres lo aguantan todo. Porque el adoptado muchas veces prueba hasta dónde puede estirar. Hay adolescentes que se escapan de casa por el gusto de ver a los padres enfadados y comprobar si es cierto que lo quieren".
A partir de los 6-8 años, cuando el hijo entiende lo que significa haber sido adoptado, se puede estar una semana seguida preguntando por aquella mujer que lo llevó en la barriga: quién era, por qué lo dejó, dónde vivía... "Después lo relativiza y está tranquilo sabiendo que hay otra madre. Hasta que llega la adolescencia, que es cuando las personas construimos nuestra identidad. En su caso, es más difícil ligarlo todo, porque le falta una pieza del rompecabezas. Los padres lo tienen que explicar y, después, cuando sea adulto, tendrá una vida igual o mejor que los hijos biológicos".
Eso sí, con algunos rasgos específicos. Precisamente por haber sido abandonado cuando más débil era, el adoptado necesita tenerlo todo bajo control. Además, aunque sea ya de edad adulta mantiene un alto grado de dependencia de los padres, a los que llama a menudo por teléfono para informarles sobre lo que hace y lo que deja de hacer. Y cualquier pérdida que tenga, sea un hecho banal o la muerte de una persona cercana, le provoca un gran trastorno: le hace revivir la pérdida primera.
Otro momento delicado es a la hora de plantearse tener descendencia. Especialmente las mujeres, porque ser madre va asociado a un asunto que resulta trascendental para alguien que, en muchos casos, desconoce incluso el aspecto físico de sus padres: la genética. La sorpresa llega en el momento de nacer el hijo. Entonces, todos los miedos se desvanecen. Descubrir que por primera vez en la vida hay alguien con unos rasgos físicos parecidos a los suyos hace que se sientan menos solas en este mundo. "¡Lo mejor que me ha pasado en la vida fue ver que mi hijo biológico era clavado a mí!", le confesaba a Freixa una asistente a una mesa redonda.
Para Mireia Sala, psicopedagoga experta en lenguaje, los adoptados tienen aún otro rasgo característico. "Son poco académicos. Su prioridad es sobre todo social. Son más emocionales, buscan ayudar a los demás, ser amados y valorados. Recibir la seguridad que conlleva el abandono".
Mireia Sala reconoce que la adopción tiene dos caras: la de los niños que se han integrado en la familia sin problemas y la de los que arrastran un pasado doloroso. A su consulta llegan los casos problemáticos, y es de esos de los que habla, de niños y niñas que han pasado años en instituciones en sus países de origen, en ocasiones sin estímulos ni la atención necesaria (según los expertos, cada tres meses pasados ​​en un orfanato suponen un mes de retraso en la incorporación de nuevos aprendizajes).
Sala habla también de niños nacidos de malos embarazos, de hijos de madres alcohólicas o drogadictos, de niños maltratados o que han sufrido abusos sexuales, de niños a los que nadie en el orfanato sacaba de la cama o a los que daban pastillas para dormir. Pero Sala se refiere también a padres poco conscientes de lo que han vivido los hijos y que, un mes después de llegar a Barcelona, ya pretenden escolarizarlos, cuando lo prudente sería esperar y, cuando llegara el momento, llevarlos a centros en los que, además de no ser los únicos étnicamente diferentes de la clase, tuvieran un seguimiento individualizado.
"Hay un contraste muy fuerte entre padres e hijos -reflexiona la psicóloga-. Por un lado nos encontramos con niños que han sufrido las máximas privaciones, que es la vida en una institución, y por otro unos padres de clase media, con estudios y a menudo de profesiones liberales, sin problemas económicos. Intentamos casar extremos, familias sanas con niños a los que todo les ha fallado. Y muchos de estos problemas aparecen ahora, que muchos de los niños adoptados en los últimos años llegan a la adolescencia".
Las dos expertas se muestran partidarias de revisar el actual sistema de adopción. Mireia Sala y Montserrat Freixa defienden las fórmulas abiertas, en las que el hijo mantiene el contacto con la familia biológica. "Hay que mentalizar a los niños que no son huérfanos, que tienen dos familias", dice Sala. "En nuestro país se dice que nadie quiere la adopción abierta pero yo creo que sí. Resolvería muchos de los problemas que ahora tenemos".


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