dimecres, 9 de novembre de 2011

A 300 por hora por un campo de golf

Publicado en El Periódico del 13 de mayo de 2010
Unas 100.000 personas se pasaron por el Circuit de Catalunya el pasado domingo para presenciar en directo el Gran Premio de Fórmula 1, y son muchas. La suma de velocidad, sofisticación, riesgo y unas gotas de lo que llaman glamur sigue seduciendo a millones de espectadores. Sin embargo, es lícito preguntarse por el futuro de la fórmula 1 en una sociedad como la nuestra, que pregona la necesidad del ahorro energético y que apuesta por las fuentes de energía renovables. ¿Es coherente que mientras agotamos las reservas de petróleo, se sigan disputando carreras entre vehículos impulsados por motores de explosión que rinden más de 700 caballos de potencia y que en las rectas alcanzan los 300 kilómetros por hora? Seguramente no, pero ya se sabe que la contradicción forma parte de la esencia humana. A mí, lo confieso, también me gustan.

En la actualidad, los fabricantes anuncian que los vehículos que dentro de unos años conduciremos serán eléctricos. La nueva tecnología representará una ganancia objetiva: los coches y las motos del mañana no consumirán derivados del petróleo y encima tendrán un funcionamiento extremadamente silencioso. Y con las carreras, ¿qué va a suceder? ¿Las marcas se adaptarán a los nuevos tiempos y pondrán a competir unos vehículos igual de potentes, pero que no harán más ruido que el de la flecha disparada por el arquero cortando el aire a toda velocidad? Hoy por hoy, resulta difícil imaginar a Fernando Alonso con su Ferrari enfilando la recta de tribunas rodeado del silencio de los campos de golf. También podría ocurrir que los circuitos se convirtieran en un reducto para los nostálgicos del olor a gasolina quemada y para los amantes del exceso de decibelios, y que a la larga acabaran desapareciendo. Ha sucedido con otros espectáculos de masas. Varían los valores de la sociedad y los hábitos se transforman. A nadie se le ocurriría, hoy, organizar luchas de gladiadores como se hacía en el coliseo romano hace 2.000 años. Del mismo modo, dentro de 2.000 años seguramente a nadie se le pasará por la cabeza montar corridas de toros, aunque esta es otra historia.

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